A la página principal

puntitogris.gif (801 bytes)

Opinión        Libros y Revistas         Agenda        Documentos

puntitogris.gif (801 bytes)

PUBLICACIONES

Breviario

Cable Semanal

Educyt

Exactamente

Lista Exactas

MicroSemanario

Buscador
powered by FreeFind


Búsqueda Local
Búsqueda Web

11 de octubre de 2001
Divulgación:
Los Premios Nobel de Medicina 2001

La Explicación del mecanismo de división
celular conquista el Nóbel de medicina.
(Por Javier Sanpedro)

Los científicos saben desde el siglo XIX que el cuerpo humano no es más que un aglomerado de billones de células, y que todas ellas proceden de una sola (el cigoto) por la incesante repetición de un proceso básico: la división celular. Pero la comprensión profunda de ese proceso tuvo que esperar a que el estadounidense Leland Hartwell y los británicos Paul Nurse y Timothy Hunt se decidieran a utilizar seres modestos, como la levadura y el erizo, para descubrir los genes universales que lo rigen. Sus alteraciones son cruciales en el cáncer y los tres compartieron el Nóbel.



De Izquierda a derecha: Los británicos Paul Nurse y Tim Hunt
durante la conferencia de prensa brindada en su laboratorio londinense.

  Las células se descubrieron en el siglo XVII, casi al mismo tiempo que los microscopios. Pero no fue hasta 1839 cuando los biólogos alemanes Theodore Schwann y Matthias Schleiden percibieron con claridad que la célula era la "partícula elemental de los organismos"; es decir, que todas las partes de todos los seres vivos estaban hechas de células.

  ¿De dónde venían todas esas células de las que estaba hecha la materia viva en su totalidad? Tras numerosos balbuceos sobre su presunta "formación libre" o "generación espontánea", fue otro biólogo alemán, Rudolph Virchow, quien formuló en 1885 la teoría correcta: "Omnis cellula e cellula" ("todas las células vienen de otras células por división").

  No es exagerado, por tanto, afirmar que la división celular es uno de los problemas más centrales que cabe imaginar en biología. El lector no es más que una masa de 100 billones de células, desde los glóbulos blancos, que le protegen de las infecciones, hasta las neuronas, que le permiten pensar. Todas ellas vienen por divisiones sucesivas de una sola célula: el cigoto formado por fusión de un óvulo de su madre y un espermatozoide de su padre (que también son dos células, por supuesto).

  Hace más de treinta años, el estadounidense Leland Hartwell (nacido en 1939), del Fred Hutchinson Cancer Research Center, en Seattle, tuvo la idea de estudiar la división celular desde un punto de vista genético; es decir, de buscar los genes que regulan el proceso. Utilizó una especie ideal para hacer genética: la levadura de la cerveza (Saccharomyces cerevisiae), un organismo unicelular que se divide muy rápidamente. Cualquier estudio biológico que pueda hacerse en esta levadura toma fácilmente décadas de ventaja respecto de las investigaciones centradas en mamíferos como el ratón, no hablemos ya de seres humanos.

Experimentos elegantes

  La estrategia fue un completo éxito y, en una serie de experimentos que la Academia sueca define como "elegantes" -el término suele denotar un tipo de investigación en el que no hay que mancharse mucho las manos-, Hartwell logró identificar más de cien genes implicados específicamente en el control de la división celular. Los llamó genes CDC (siglas de Ciclo de División Celular). Años después se vería que, pese a haber sido descubiertos en la levadura, muchos de estos genes existen y hacen lo mismo en todos los animales, incluido el ser humano.

  El británico Paul Nurse (nacido en el año 1949), del Imperial Cancer Research Fund, en Londres, siguió en los años setenta la estrategia de Hartwell y descubrió, utilizando otra especie de levadura, que uno de los genes hallados por el norteamericano (llamado a veces start, a veces cdc2, a veces cdk1, pero que siempre es la misma cosa) desempeñaba una función crucial en la más importante decisión que puede tomar una célula a lo largo de su vida: dividirse o no. El gen start, o cdk1, fue el anzuelo que permitió pescar media docena de proteínas reguladoras de la división celular en los seres humanos, llamadas CDK. Conviene recordar que un gen no es más que la información necesaria para construir una proteína, y que las proteínas son las nanomáquinas que ejecutan las tareas en la célula viva.

Salto al erizo

  El también británico Tim Hunt (nacido en el año 1943), del mismo instituto londinense, descubrió a principios de los años ochenta otra familia de proteínas reguladoras de la división, las llamadas ciclinas. Su estrategia fue distinta de las de Hartwell, Nurse y sus levaduras. Hunt descubrió las ciclinas en el erizo de mar. Si algo ha demostrado la biología de los últimos 30 años es que no importa mucho qué especie utilice un investigador para hacer sus experimentos iniciales: los procesos fundamentales son extraordinariamente persistentes en todos los organismos. Los humanos, por ejemplo, tenemos diez ciclinas muy similares a las del erizo de Hunt.

  En las dos instituciones donde trabajan los tres galardonados aparece la palabra "cáncer". Una de las razones por las que estos científicos abordaron la cuestión de la división celular fue su intuición de que los principios básicos que descubran, sean los que fueren, tendrían importancia para una enfermedad causada precisamente por la división celular fuera de control. Actualmente hay varios ensayos clínicos probando fármacos diseñados para bloquear las proteínas CDK, que funcionan demasiado en muchos tumores. Y las ciclinas serán utilizadas pronto en el diagnóstico de varios tipos de cáncer. "Omnis cellula e cellula", para bien o para mal.


"Creía que este premio era para gente brillante"  

En una improvisada conferencia de prensa,
Paul Nurse y Tim Hunt debieron responder a la inevitable pregunta : ¿Qué harán con el premio?. "Ya sé que es consecuencia de la menopausia masculina -respondió Nurse sin dudar-, pero tengo una moto en vista". Hunt, que tiene seis años más que Nurse, fue más sombrío y prosaico:
"Cancelaré mi hipoteca"

Leland H. Hartwell
  En Seattle, al otro lado del Atlántico, Leland Hartwell prefirió la ocasión para una declaración más política: "No es fácil hacer muchas celebraciones con lo que está pasando en Afganistán", declaró a los periodistas, "pero me siento muy complacido.
Yo creía que los Nóbel eran para gente muy brillante, pero la verdad es que mis contribuciones han sido muy simples".


Somos erizos grandotes.
(Por Pedro Ripoll, Investigador del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, España.*)

  Hartwell, Hunt, Nurse. Tres nombres ya clásicos de la Biología Celular interesados, desde sus años de estudiantes graduados, en cómo se las arreglan las células para dividirse de una forma tan exacta que, como resultado, den siempre dos células hijas que tengan exactamente la misma información genética que ellas mismas.

  Y el mecanismo es tan exacto que, al menos en la mosca del vinagre (el organismo modelo con el que yo trabajo), la frecuencia de errores en la distribución del material genético es cero.

   Los tres premiados tienen en común el combinar técnicas bioquímicas, genéticas y de biología molecular para estudiar el problema que les interesa. Hunt, bioquímico, ha conseguido el premio por sus estudios en embriones de erizo de mar. Hartwell y Nurse, genetistas, por sus estudios en levaduras. ¿Qué tienen que ver los erizos de mar, interesantes únicamente por las obvias propiedades gastronómicas de sus gónadas, y las levaduras, prioritariamente interesantes para vinateros y panaderos, con un premio Nóbel de Medicina?

   La respuesta es simple: desde que hace muchos millones de años las fuerzas evolutivas consiguieron inventar, al mismo tiempo que aparecieron las células en nuestro planeta, un procedimiento seguro para reproducirse. El sistema se ha ido complicando y reafinando, pero sin grandes cambios. Nos guste o no, los humanos somos unas levaduras o unos erizos grandotes. Seguramente más listos (no desde el punto de vista evolutivo), pero con los mismos genes esenciales.

   La única diferencia es que tenemos más copias, más o menos modificadas, de los mismos genes que las levaduras. En el fondo, como ocurre también con los genes necesarios para el desarrollo embrionario, el complejo fenómeno de la división celular sigue las mismas reglas que se inventaron hace miles de millones de años, y la llegada de aparentemente nuevos tipos de división celular a lo largo de la evolución no hace sino complicar un sistema primitivo básico. Uno de los mejores experimentos de Paul Nurse, por el que no ha recibido el Nóbel aunque indudablemente lo habría merecido, es la demostración de que genes humanos introducidos en levaduras mutantes pueden salvar a éstas de su defecto.

  Además de ser un científico fuera de serie, Paul Nurse es un hombre encantador. Es un típico exponente de una generación, a la que también pertenecen Tim Hunt y Leland Hartwell, una generación donde los conocimientos científicos se compartían mucho antes de ser publicables. Una generación que ha visto cómo se ha pasado de la comunicación abierta de los datos preliminares a la comunicación cuasi secreta de los datos a publicar. Una generación que ha visto pasar de la camaradería científica a la piratería y el cuchillo en la espalda: mi generación.

  Aunque el ambiente científico haya degenerado para todos, Tim, Paul y Leland: chapeau!

(* La versión original de esta nota fue publicada en el diario El País de Madrid)



  Más Información en la Red

 

   
NOTICIAS | BREVIARIOS | CABLE SEMANAL | EDUCYT | EXACTAMENTE | LISTA EXACTAS
MICROSEMANARIO | OPINION | AGENDA | LIBROS Y REVISTAS | DOCUMENTOS